SAN INOCENCIO I
401-417 d.C.
Fue de la ciudad de Albano,
cerca de Roma, y por su virtud y sabiduría sucedió al Papa
San Anastasio. Inundaron los godos a Italia, acaudillados por Alarico, y todo
lo llenaron de consternación. Consoló el Papa a su pueblo y
con sus oraciones consiguió del Señor que se disipase toda aquella
multitud de bárbaros con la derrota de su jefe, cuando avanzaba hacia
Roma para entrarla a sangre y fuego.
Enterado San Inocencio del furor con que la emperatriz Eudoxia
perseguía a San Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla,
se declaró su protector; y anulando todo lo que había decretado
contra el Santo en un conciliábulo que se juntó en un arrabal
de Calcedonia, mandó que fuese restituido a su silla aquel ilustre
prelado, y fulminó excomunión contra todos los que se habían
tenido parte en su persecución. Tuvo el consuelo de ver extinguido
el cisma que después de tanto tiempo despedazaba a Antioquía;
pero llegando a Ravena, se le turbó este gozo con la noticia de
que Alarico había sorprendido a Roma, saqueándola, y llenándola
de muertos y de sangre. Se afligió y lloró el santo pastor
por la desolación de sus ovejas; pero con su vuelta las consoló,
y no perdonó diligencia alguna para que en el modo posible se resarciesen
de sus pérdidas. Fue el primero que expelió de Roma a los
Novacianos, y su solicitud pastoral se extendía a todas las necesidades
de la Iglesia.
Pero sobre todo desplegó su ardiente celo contra
Pelagio y Celestio, cabezas de la perniciosa herejía pelagiana.
Informado de sus principales errores por las cartas que les escribieron
los Concilios de Mileva y de Cártago, escribió dos admirables
epístolas contra ellos, en las cuales explica la necesidad de la
gracia para merecer, y confirma los decretos que habían hecho los
dos concilios contra aquellos herejes. Con esta ocasión dijo San
Agustín, que habiendo confirmado el Papa todo aquello que se había
decretado contra los enemigos de la gracia de Jesucristo, ya era causa acabada
y definida. Este gran Santo escribió dos cartas a San Inocencio, en
que muestra la veneración y el respeto que le profesaba.
Inocencio escribió otras epístolas a muchos
obispos de las Galias, una a San Dictricio, arzobispo de Ruan, y otra a
San Exuperio, arzobispo de Tolosa, sobre varios puntos y reglas de la disciplina
eclesiástica. A San Decencio, obispo de Gubio, le escribió
sobre el ayuno del sábado, que dice se debe guardar en reverencia
de la sepultura del Señor condenando a los que le desaprobaban.
San Inocencio excomulgó por fin a Pelagio y Celestio.
Murió Inocencio el 28 de julio del año 417 y fue enterrado
en el Cementerio de Priscila, de donde el año 845 el Papa Sergio
II trasladó su cuerpo a la Iglesia del Título de Equicio.
San Jerónimo en la célebre epístola que escribió
a Demetríades para confirmarla en el santo propósito que había
hecho de guardar virginidad, le habla del Papa inocencio en estos términos:
"Mantén constantemente la fe de San Inocencio, hijo espiritual y sucesor
de Anastasio, de feliz recordación, en la cátedra apostólica;
y por más sabia e iluminada que seas, guárdate bien de seguir
otra doctrina".